6 dic. 2013

La Cazadora Cazada - Capítulo 13

Cuando abrí los ojos, sentía una pesadez terrible en todos los músculos de mi cuerpo, además de un dolor de cabeza terrible; parecía la versión más fuerte de una resaca. Intenté mover los brazos para despejarme, pero los tenía atados a la espalda. No sabía dónde estaba. Me incorporé, apoyándome en la pared y miré a mi alrededor. Estaba en una celda fría y con goteras. Sólo había un camastro de hierro con un colchón ajado y sin sábanas y un viejo retrete. Recordé lo ocurrido en el piso de Jacob.
Estaba en el cuartel general de los rebeldes, que habían conseguido mantener oculto a la Guardia hasta el momento.
Los rebeldes nunca toman rehenes, matan directamente a los partidarios del Sistema. La mujer que me capturó dijo que los de arriba me querían viva, pero ¿para qué? Tenía que salir de allí, pero no había ventanas. Mientras pensaba cómo huir, llegó una mujer mayor, con el pelo canoso recogido en una coleta y unos ojos grises que hicieron que algo se revolviera en mí.
-Hola, Amanda – dijo con tranquilidad - ¿Quieres agua?
Asentí, mirando aquellos ojos y ella me acercó un vaso a la boca.
-Me llamo Kerrianne. ¿Sabes dónde estás? – negué con la cabeza – Vale, estás en nuestro cuartel general, la antigua prisión militar del sector 9.- Ese lugar había sido abandonado muchos años atrás, después de que el virus con el que estaban trabajando y experimentando unos científicos se les fuera de las manos. – Vas a ser sometida a un juicio. Ten en cuenta que eres la primera partidaria del Sistema a la que se va a juzgar.
-¿A qué debo el honor? – pregunté con sarcasmo.
-Porque es la única forma de mantener a mi nieto a nuestro lado. – la miré sin comprender y ella me sonrió – Venga, vamos a lavarte la sangre y a vestirte para comenzar el juicio.
Dicho esto, cogió una esponja y, con suavidad, me limpió la herida de la frente. Siguió quitándome la camiseta y los vaqueros para continuar lavándome.
-No sé por qué estropeáis vuestros cuerpos con tantos tatuajes – comentó para sí misma.
Me vistió con una falda marrón que me llegaba a las rodillas y una blusa que alguna vez fue blanca. La anciana me estaba recogiendo el pelo en una coleta cuando Jacob entró en la celda. Lo miré con sorpresa y entonces lo entendí todo. Kerrianne había dicho que yo estaba allí por su nieto y tenía los mismos ojos que Jacob. Él me había traicionado, la única persona en la que había confiado en años y el único hombre al que había amado.
Él llevaba unos vaqueros gastados, una camiseta negra y el pelo alborotado. Estaba pálido y con ojeras.
- Abuela, tengo que hablar con Amanda, ¿puedes dejarnos solos?
-Claro, cielo – dijo levantándose y dándole un beso en la mejilla al salir.
Se hizo el silencio entre nosotros. Él me miraba fijamente, como intentando decidir qué palabras usar, y yo trataba de aguantar las lágrimas de dolor e ira sin mirarle. Finalmente, se acercó y se sentó en el suelo a mi lado.
-Amanda, amor… - empezó en voz baja – Siento que tengas que estar aquí, todo esto es por mi culpa.
-Así que todo lo que has estado conmigo era para al final traicionarme ¿no? Eres un hijo de puta. Lo que no entiendo es por qué no me dejaste morir la noche que acabé con Sutter, habría sido más fácil. Por lo menos habría muerto sin odiarte…
-Por favor, amor…
-¡No me llames amor! – grité - ¡Me has arrastrado a la muerte!

-¡Amanda! – repitió, sosteniéndome la cara entre sus manos mientras sus ojos se llenaban de lágrimas – Al principio sí era así, pero no ahora. Todo lo que te he dicho, que te quiero, que estoy contigo, es real. Quería dejar la misión, pero no me lo permitieron. Me prometieron que no iban a ir a por ti ayer, por eso te dejé sola. Perdóname. 

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